Lo primero que ví, después de un tiempo encerrado en casa, con el único estímulo del whisky y los poemas de Ginsberg ,fue esa maldita carretera secundaria, ardiente, un día de verano ;Era jodidamente larga como una noche en el ártico.

A mi derecha la vía del tren , a la izquierda  coches lanzallamas que furtivamente me adelantaban sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Fue al pasar cerca del jorobado que vendía lotería cuando pude ver el cartel que indicaba que había llegado al lugar.

Disparé la puerta de entrada y descubrí una barra llena de botellas y productos Espinaler, mesas de mármol y taburetes desgastados por el uso. En época de adoración al “vintage” aquello era un chute de heroína para la generación facebook y su marcado déficit de atención.

Poco a poco, un vermut tras otro y me voy sintiendo cómo el protagonista de una película de Tarantino al que esta a punto de explotarle la cabeza, de repente alguien abre la puerta, es él, los tatuajes lo delatan, apenas puede mantenerse en pie, la culpa una noche por la Barcelona canalla, llega a la mesa después de un último esfuerzo por mantener el equilibrio mientras balbucea miedo y asco en Las vegas. Le pido un surtido preparado por ellos : olivas como platillos volantes, berberechos con formas de dinosaurios y patatas con esa pócima mágica a modo de salsa que ya ha entrado en el territorio de leyenda..

El resto es borrachera, risas, sabores, vermut, descordinación , borrachera, síntomas de viernes tarde en un lunes encadenado. Mas vermut.

Y entonces descubrí que aquello era un sueño.

 Serge Barnet

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