Happy Bones NYC

El jardín deshabitado de Happy Bones

Por algo había vuelto esta mañana. Esto fue lo que pensaba mientras que saliendo por la puerta, donde estuve parado, me dio con su bolsa una rubia alta que llevaba gafas oscuras y un vaso en la mano. Tantas veces me había pasado así este invierno que a pesar del olor café del café, los vasos de americanos, capuchinos, y flat whites que vislumbraba cada vez y el retintín de la puerta que sonaba cada mañana, me quedé ahí atónito un momento mirando por la vitrina, hoy el primer día de primavera. ¿A qué viene este anhelo de conocer tanto? me preguntaba.

Esta semana me había atrevido a entrar a la cafetería. Adentro, vi un diseño que me hizo pensar a un viaje en Londres, cuando pasé un día entero en El Real Jardín Botánico de Kew. Me acordé que ahí, dentro de las casas, invernaderos, y herbarios, bajo el olor de los nenúfares, que atraían a todos con su perfume delicado, casi imperceptible, se entendía la presencia de una vida secundaria, escondida bajo la superficie que brollaba con tanto ánimo y fuerza que la nuestra. En Happy Bones las muñecas del downtown esperaban sus capuchinos y lattes con caras impasibles, un señor vestido de traje pero sin corbata controlaba sin cesar a su Blackberry, algunos turistas se sonreían en japonés y la barista levantaba el vapor con una mano mientras que con la otra acariciaba la jarra de leche y con la cabeza asentaba a preparar los próximos cafés. Me contentaba este movimiento.

Ya acomodado en una mesa cerca de la gran vitrina hacia la calle, con un libro de Nikolaus Pevsner sobre la arquitectura moderna abierto sobre la mesa, me di cuenta de que alguien me estaba mirando. La barista, como si fuera estatua, seguía calentando la leche, y ahora sonreía. Se sentó una mujer a mi lado con una taza verde y espesa y volví a mi lectura. Consciente de que muchas de mis ganas de descifrar el mundo, de que mis sentimientos exagerados pertenecen sólo a mí, pude leer y pensar de estas cosas a la misma vez. Luego, mientras que esperaba en la cola, que se me eternizaba con la tardanza de la persona en frente, además de mi propia ilusión de encontrarme en un jardín templado, cubierto de lucientes flores y topar ahí a justo esa persona que me encendiera los ojos, estuve consciente de que yo mismo me desdoblaba ahí en la cola y que las ganas que tenía de descifrar esa mirada, sonrisa o mundo secundario bajo el nuestro estaban en mí, soñador cafeinado y detective escéptico. Sin pensar pedí un flat white con mi inglés defectuoso. Calentando la leche, mirándola con atención, dijo la barista: “It’s nice to see you here today.” Lo sabía. Se había dado cuenta de lo que un momento antes había sido mi ilusión privada. Creyendo que sin duda se olvidaría de mí e intentando con toda mi fuerza no dejar caer la taza en mi mano a causa de mi admiración, dije solo: “It’s always to visit here.” La sencillez de la frase disimulaba la agitación que estallaba en mi pecho, un nervio y una variación que aún llevo conmigo hasta en los huesos cada vez que paso por, y me paro en frente de, o sueño con Happy Bones. Pero hoy, esta mañana, parado en frente de la vitrina un momento, seguí mi camino hasta la esquina donde me esperaba mi novia.

Andrés Olmedo

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HAPPY BONES
394 Broome St, New York, NY 10013, EE. UU.
Horario: 7.30 – 19h

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